Entre la espada y la pared

“Cuando el camino se pone duro, sólo los duros siguen caminando”. John F. Kennedy

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Uno de los aspectos más interesantes que vale la pena analizar en aquellas personas que han tenido éxito son las situaciones límite que debieron atravesar en su camino hasta que, finalmente, lograron vencer.

Esto se debe a que las razones que impulsan a lograr grandes hazañas nacen, precisamente, de momentos especiales cuando se está entre la espada y la pared, sin nada que perder y viviendo una situación sin retorno. Es en esas situaciones cuando surgen con mayor claridad las más fuertes cualidades personales.

Es tan importante el descubrimiento de estas últimas que, incluso a veces, para lograr el éxito anhelado, es útil como mecanismo interno estar persuadido de que no se cuenta con más opciones, que se está realmente contra las cuerdas. Es en este punto donde las mejores virtudes y fortalezas individuales se presentarán.

Ello muestra la importancia de tener una real necesidad y convencimiento para alcanzar el objetivo propuesto. No se trata simplemente de desear el triunfo, el aplauso o la cima, sino de buscar ello con pasión y el alma, ya que esa será la única forma de que activar todas las capacidades y habilidades propias porque cuando se cierran todas las puertas se ponen en juego los recursos interiores.

En su interior cada persona posee la fuerza y el coraje necesarios para enfrentar la adversidad y hacer realidad lo que desea. Sin embargo, es muy común que al lanzarse a la conquista de sus sueños, se encuentre con críticas o comentarios malintencionados que puedan producirle dudas e incertidumbre acerca del camino elegido. Frente a la parálisis que esto ocasiona, muchas veces surgen las siguientes preguntas: ¿cómo actuar?, ¿cómo impedir que se vean afectadas la propia autoestima y seguridad? Ante tal situación, es preciso que una persona haga oídos sordos y no permita ni por un momento la influencia de las opiniones y los comentarios negativos ajenos acerca de sus decisiones, ya que si está convencida de su valía, capacidad y fuerza para lograr un objetivo, no necesita que nadie le “dé permiso” para intentar alcanzarlo.

Es crucial que en su camino hacia el éxito la gente no atienda a esas señales desalentadoras del exterior. Sólo debe de ser consecuente con lo que dice su corazón y guiarse por la fe que tiene en sí misma y sus sueños. Todos aquellos que han conseguido grandes cosas en la vida, sin importar en qué campos, siempre han ignorado las objeciones planteadas por los pensadores “racionales” e “intelectuales”. Esto ha sido así a lo largo de la historia, desde Colón hasta Edison.

Una vez escuché a un catedrático de una universidad comentar varios casos de personajes famosos que habían alcanzado reconocimiento y éxito profesional. En un alto de su relato, dijo: “¿Saben cuáles fueron los cuatro dones que poseían todos ellos? Simplemente, los mismos que cualquiera de ustedes puede obtener: fe en sí mismos, fe en sus proyectos, disciplina y trabajo duro”.

En efecto, cuando se pone en juego la confianza en uno mismo y los proyectos personales, los resultados llegan en forma de logros. Esto se debe a que el éxito no se mide por la cantidad de personas involucradas en cumplir un objetivo ni por los medios económicos invertidos en él, sino que viene dado por el tamaño de la fe que se tiene en uno y los emprendimientos propios.

Christian Barnard expresaba con meridiana claridad la fuerza indestructible de las convicciones personales:

Si piensas que estás vencido, lo estás. Si piensas que no te animarás, no lo harás. Si piensas que te gustaría ganar, pero crees que no podrás, no lo lograrás. Porque en el mundo encontrarás que el éxito comienza con la voluntad. Todo está en ti, porque muchas carreras se han perdido antes de haberse corrido. Piensa en grande y tus hechos crecerán, piensa en pequeño y te quedarás atrás. La carrera de la vida no siempre la gana el hombre más fuerte o el más ligero; a la carrera de la vida la gana el hombre que cree que puede hacerlo.

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